Bancos, tarjetas, fintech y crédito digital: cuánto cuesta realmente el dinero
El crédito dejó de vivir solamente en la sucursal del banco. Aparece en el teléfono mientras pagamos un servicio, compramos un producto o revisamos una billetera virtual. Un mensaje anuncia que tenemos dinero disponible. Un botón permite solicitarlo. La evaluación puede realizarse en segundos y el dinero acreditarse poco después.
Nunca fue tan fácil pedir prestado. La pregunta es si resulta igualmente sencillo comprender cuánto cuesta realmente ese dinero.
El precio de un crédito no es solamente la tasa anunciada, ni el importe de la cuota que aparece en la pantalla antes de presionar “aceptar”. Detrás pueden existir intereses, impuestos, comisiones, seguros y otros gastos. Cuando aparecen dificultades para cumplir, pueden agregarse intereses por mora y nuevos costos de refinanciación.
La primera pregunta continúa siendo elemental: ¿cuánto dinero recibo y cuánto terminaré devolviendo?
La tasa no es el precio
Durante 2026, las publicaciones del Banco Central mostraron tasas elevadas para los préstamos personales y diferencias todavía mayores entre entidades financieras tradicionales y distintos proveedores no financieros de crédito.
Pero comparar solamente tasas puede resultar engañoso. La tasa nominal anual (TNA) es una referencia importante, aunque no expresa necesariamente el costo completo de la operación. El costo financiero total (CFT), incorpora otros conceptos que permiten aproximarse mejor a lo que efectivamente terminará pagando el deudor.
Por eso la legislación de defensa del consumidor exige informar no sólo la tasa sino también el costo financiero, la cantidad y monto de los pagos y los gastos adicionales.
No es una exigencia burocrática. Una persona difícilmente pueda decidir razonablemente si le conviene asumir una obligación cuando desconoce su verdadero costo.
El problema es que la contratación financiera evolucionó mucho más rápido que la capacidad del consumidor para interpretar todos esos conceptos.
El crédito se simplificó para contratarse. Pero no siempre conserva su función de desarrollo y bienestar. Cuando quien lo toma lo hace empujado por la necesidad, y luego necesita nuevo crédito para sostener las obligaciones anteriores, aquella herramienta puede convertirse en un mecanismo de atrapamiento económico y personal.
El préstamo se mudó al teléfono
La transformación más visible ocurrió con el crédito digital. Los informes sobre crédito fintech muestran que, en pocos años, se produjo un crecimiento extraordinario de la cantidad de usuarios.
Una parte importante de esos préstamos corresponde a montos relativamente pequeños.
Eso permite comprender uno de los principales méritos del nuevo sistema: personas que antes tenían dificultades para acceder a un banco pueden hoy obtener financiación desde un teléfono, con menos trámites y en tiempos mucho más breves.
No sería razonable desconocer esa función. El crédito digital amplió el acceso. Sin embargo, acceso e inclusión financiera no son exactamente lo mismo.
La inclusión no debería medirse solamente por la cantidad de personas que consiguen un préstamo. También debería observarse qué sucede después.
Los informes sobre crédito digital muestran niveles importantes de mora, mientras las publicaciones del Banco Central reflejan también dificultades crecientes en las financiaciones destinadas a las familias.
Esto no significa atribuir el problema a las fintech ni afirmar que todo crédito digital resulte perjudicial.
Muestra algo más concreto: una parte de quienes acceden al crédito encuentra luego dificultades para cumplir las obligaciones asumidas.
Una decisión de segundos, una obligación de meses
La tecnología redujo extraordinariamente el tiempo necesario para endeudarse.
En los sectores más vulnerables, muchas de esas decisiones se adoptan bajo una presión económica inmediata, cuando la necesidad deja poco margen para comparar, esperar o rechazar la oferta.
Una operación que antes podía requerir concurrir a una entidad, presentar documentación y esperar una evaluación hoy puede concretarse en pocos minutos.
Sin embargo, la velocidad con la que se contrae una obligación no modifica la duración de sus consecuencias: un clic puede comprometer ingresos durante meses o años. La decisión se hizo instantánea; la obligación continúa extendiéndose en el tiempo. Esa diferencia merece atención.
Cuando una persona solicita crédito para afrontar una urgencia, pagar alimentos, servicios, medicamentos o cubrir otro vencimiento, la decisión económica se produce en condiciones muy distintas de quien dispone de tiempo y alternativas para comparar.
La información puede estar formalmente disponible. Pero una cosa es que la información exista y otra que, frente a una necesidad inmediata, exista también una posibilidad real de analizarla, compararla y decidir libremente.
Allí comienza un problema que la sola transparencia formal no resuelve.
Cuando la deuda deja de ser solamente económica
Existe además una consecuencia que rara vez aparece en las estadísticas financieras: la angustia.
Mientras una obligación puede afrontarse normalmente, forma parte de la vida económica cotidiana. La situación cambia cuando comienzan los vencimientos que no pueden atenderse.
Aparece la preocupación por el próximo resumen, los llamados de cobranza, el temor a perder bienes, la incertidumbre acerca de cómo sostener los gastos cotidianos y la sensación de no encontrar una salida.
Entonces, la deuda deja de ocupar solamente una parte del presupuesto. Comienza a ocupar el pensamiento.
Diversas investigaciones vienen señalando desde hace años una relación entre dificultades financieras graves, estrés, ansiedad, depresión y, en situaciones extremas, riesgo de conductas suicidas.
Esto debe afirmarse con prudencia: el suicidio es un fenómeno complejo y multicausal. No puede atribuirse automáticamente al endeudamiento.
En tanto, tampoco puede ignorarse que una presión económica prolongada puede convertirse en un factor grave de deterioro psicológico.
Detrás de cada obligación impaga existe una persona, una familia o una empresa.
Puede existir pérdida de empleo, caída de ingresos, enfermedad, separación, disminución de ventas, pérdida de capital de trabajo o fracaso de una actividad económica.
Por eso la mora no es solamente un indicador financiero.
También puede ser la expresión visible de un problema que ya comenzó a atravesar la vida personal, familiar o productiva del deudor.
Más allá del costo financiero
El crédito cumple una función económica indispensable. Permite anticipar consumo, afrontar imprevistos, adquirir bienes y desarrollar proyectos que de otra forma deberían postergarse.
El problema no está en el crédito. El problema aparece cuando el acceso al crédito crece más rápidamente que los mecanismos capaces de prevenir y resolver sus consecuencias negativas.
Cuando ese endeudamiento deja de ser transitorio y comienza a producir daño, el problema ya no puede medirse solamente mediante tasas, cantidad de créditos o porcentajes de mora.
Entonces, parece una pregunta diferente: ¿qué debe hacer el Derecho cuando informar correctamente el crédito ya no alcanza para evitar que el endeudamiento se transforme en daño económico, familiar o personal?
Entre la facilidad para entrar al crédito y la dificultad para salir de una situación de endeudamiento puede abrirse otro vacío.
Por Víctor Moncada / Abogado