¿Los periodistas somos una mierda?
Las descalificaciones de Javier Milei hacia el periodismo vuelven a poner en discusión una cuestión que excede largamente los agravios.
Mientras el Presidente apunta contra periodistas, hay una pregunta mucho más importante que la sociedad tiene derecho a formular: ¿qué está pasando con los recursos que el Estado dejó de destinar a áreas fundamentales y dónde está ese dinero?**
El presidente de la Nación, Javier Milei, volvió en los últimos días a cargar contra los periodistas, utilizando una expresión tan contundente como agraviante para referirse a quienes ejercemos este noble oficio llamado Periodismo.
No sorprende. La confrontación con el periodismo ha sido una constante de su discurso. Particularmente, con aquellos medios y comunicadores que cuestionan las decisiones del Gobierno o ponen sobre la mesa las consecuencias de su política económica.
Y allí está, precisamente, el verdadero problema
Porque discutir si los periodistas somos buenos, malos o, como sostiene el Presidente, merecedores de semejantes calificativos, termina desviando la atención de aquello que realmente importa.
El periodismo tiene la obligación de preguntar
Tiene que mostrar los claroscuros de un modelo económico basado en un ajuste de enorme magnitud y discutir sus consecuencias sobre la vida cotidiana de los argentinos. Tiene que preguntar por los salarios, las jubilaciones, el empleo, la actividad económica y los indicadores oficiales cuando existen sectores que cuestionan si reflejan adecuadamente lo que ocurre en la calle.
También tiene que preguntar por la obra pública prácticamente paralizada, por las rutas nacionales cuyo deterioro representa cada vez un riesgo mayor para quienes las transitan, por las escuelas que necesitan infraestructura y por los recursos que las provincias reclaman a la Nación.
Y, fundamentalmente, hay una pregunta elemental que merece una respuesta:
¿Dónde va la plata que recauda?
Si el Estado nacional dejó de ejecutar buena parte de la obra pública; si redujo o eliminó numerosas transferencias; si ajustó partidas, subsidios y programas; si las provincias reclaman recursos que consideran que les corresponden y, al mismo tiempo, el Gobierno exhibe el equilibrio fiscal como uno de sus principales logros, entonces resulta absolutamente legítimo preguntar cuál es el destino de esos recursos y cuál es el costo social y productivo de conseguir ese resultado.
Eso no significa negar la necesidad de ordenar las cuentas públicas. Significa discutir cómo se las ordena, quién paga ese ordenamiento y qué país queda después del ajuste.
Tal vez allí pueda encontrarse parte de la molestia presidencial con determinados periodistas.
El problema no es que un periodista piense diferente al Gobierno. Tampoco que formule preguntas incómodas. Precisamente para eso existe el periodismo en una democracia: para preguntar también aquello que el poder preferiría no responder.
Por supuesto, los periodistas tampoco estamos por encima de cualquier cuestionamiento. Debemos responder por nuestros errores, nuestros intereses y nuestra manera de ejercer la profesión. Y si existen medios o comunicadores que reciben dinero de manera irregular a cambio de favorecer intereses políticos, que se investigue, se demuestre y se denuncie con nombres, pruebas y ante la Justicia cuando corresponda.
Pero generalizar y convertir a todo el periodismo en enemigo no responde ninguna de las preguntas importantes.
Por eso, señor Presidente, quizá sería conveniente moderar los epítetos hacia los comunicadores.
No porque los periodistas necesitemos protección frente a una crítica. Estamos acostumbrados a recibirlas y forman parte de nuestro trabajo.
Sino porque Argentina tiene problemas demasiado importantes como para desperdiciar tiempo y energía en una guerra permanente contra quienes preguntan.
Gobernar la República Argentina implica conducir una nave enorme, compleja en un escenario internacional complejo, y quienes circunstancialmente tienen la responsabilidad de conducirla deberían concentrar todos sus esfuerzos en llevarla a buen puerto.
Los periodistas, mientras tanto, seguiremos haciendo nuestro trabajo, incluso cuando las preguntas y datos oficiales molesten.